por Víctor Figueroa Infante

Naturalmente los viajantes de las urbes que visitan las montañas de la sierra de Tapalpa, tienen oportunidad de palpar el olor de los paisajes y la vida como era antes, cinco siglos atrás. Y a pesar de que aún no se construye la máquina del tiempo, al menos hasta donde se conoce, quienes visitan la zona se adentran a veces sin saberlo, y a veces intuyéndolo, en una realidad mágica que data de los tiempos aquellos en donde la intensidad del misticismo se respiraba en el aire y la religiosidad se empañaba de naturaleza, eran tiempos aquellos de la fundación de villas y universidades, tiempos del renacimiento, en que se construyó la arquitectura rica y variada del lenguaje castellano, desarrollando su más vívida expresión con los versos de ensueño de Calderón de la Barca, las diatribas encantadoras de Lope de Vega, o la sencillez profunda del garigoleado Juan Ruiz de Alarcón, y qué decir de la eterna monja enamorada, Sor Juana Inés de la Cruz, quien juntó pensamiento, mística y corazón en la ligereza de su pluma. El viajante que entra a Tapalpa entra en el mundo del 1538, así sin quererlo y a veces sin saberlo, se encuentra en aquellos tiempos en donde los secretos de los hacendados y las haciendas se amalgamaban en una realidad que estaba por comprenderse, por un lado, los conocimientos de los techochanos de Atlaco o Apango, seguían vivos y activos, ante el asombro de los curiosos franciscanos, que anticipaban con su presencia la llegada de los futuros hacendados. En aquellos tiempos un fermento de simbiosis cultural cuajaba una revolución científica y económica que definiría la identidad de nuestro pueblo, y del México moderno, lo cual daría nacimiento a la frase, México mágico.

Hoy nuestra pequeña bella villa de Tapalpa es visitada continuamente por su arquitectura y belleza natural, y a pesar de que muchos de sus habitantes dan por sentado la permanencia de su encanto y la seguridad de sus ingresos constantes que desde hace ya décadas vienen mayormente del turismo, sería quizá el coronavirus un buen pretexto para despertar de los laureles, y preguntarnos ante el presente panorama mundial, si el turismo no fuera lo que sostuviera gran parte de la economía del pueblo, ¿qué otros recursos tenemos a la mano para generar ingresos en esta transición de realidad que apenas comienza? O en su caso, ¿cómo potencializar la belleza de Tapalpa y ofrecer a sus visitantes algo de verdad innovador en el mundo?

 

Otras preguntas tendrían que hacerse a la par visionando un panorama emergente, por ejemplo, ya que esta crisis no nos asegura que la cadena de producción de alimentos e insumos básicos provenientes desde Guadalajara u otras ciudades cercanas pueda detenerse, ¿cómo podría generarse alianzas con Tepec o Amacueca, municipios cercanos en dónde está el clima para sembrar el plátano, la papaya y otras frutas que podrían servir de insumo a los que vivimos acá arriba? ¿o cómo generar una alianza localmente entre empresarios, gobierno y ciudadanos para crear un programa público de agricultura orgánica el cual se ejecute en los terrenos ociosos que hay en el pueblo, los cuales bajo un acuerdo con el propietario o gobierno puedan ser utilizados por la comunidad local para producir nuestros alimentos e insumos básicos? Esta producción orgánica puede incluso ser utilizada por los mismos restaurantes, aumentando la calidad de su servicio y a largo plazo disminuyendo el costo de sus insumos.

Ahora, existe también la posibilidad de considerar que si el turismo ya no volviera a ser nunca cómo antes, ¿cuál sería la nueva vocación, o qué estrategias radicales tendrían que tomarse para hacer de Tapalpa un verdadero municipio mágico? ¿Qué actividades económicas funcionan hasta hoy, y cuáles no funcionarán mañana?

Hoy la agricultura y la construcción funcionan con cierta normalidad dentro de la economía local, aunque cada día es evidente que estas prácticas en un plazo muy próximo enfrentarán su transición. Los mercados mundiales no podrán sostener a largo plazo el desarrollo unidireccional del monocultivo a gran escala de berries, papas o aguacates. El uso violento y depredador que se inyecta con exigencia química a la tierra para imponerle el ritmo de producción no aguantará por mucho tiempo. Ante este panorama mundial, pensándonos como un sólo pueblo, podríamos preguntarnos:

¿Qué pueblo somos ahora y en qué pueblo nos queremos convertir?

Los consumidores en el mundo somos cada vez más conscientes, más críticos y más coherentes en nuestra manera de vida.  En estos últimos años hemos sido testigos de la exposición de los múltiples contubernios ilegales con que se amarra el poder económico local, nacional y mundial, y si de por sí en un pueblo se sabe todo, hoy parece que el mundo se volvió nuestra villa, nuestro pueblo, y que ya los secretos son imposibles de ocultar ante el peso de la realidad que nos alcanzó. Así hoy se muestran las incongruencias humanas en todo su esplendor, tan evidentes y sin tapujos, viéndose amenazados los intereses que buscan seguir acaparando mayor poder, y que hoy sólo se valen del uso de la fuerza, o el cinismo para mantenerse. Las actividades ilícitas que se impusieron con armas, amenazas y violencia, para enriquecerse por medio de la minería, la deforestación, o recientemente las huertas de aguacate en el municipio, han sido denunciadas por muchos años ante las autoridades, otras veces se ha preferido callar o ceder por amenazas de muerte, y otras simplemente se volvió ya costumbre. Pero incluso estas costumbres están cayendo, como un tejado débil que cede ante la gravedad de la cascada de agua fría de la realidad que nos está lloviendo todos los días a granizadas, dibujando en el horizonte una nube que muestra un futuro que parece impredecible.  Y digo parece, porque hasta cierto punto hay muchas cosas que se pueden predecir.

Se podría realizar un pronóstico por muchos medios, el Surya Siddhanta, el Tonalamatl, o la Astrología Occidental, pero sin duda la mejor manera de predecir el futuro… es creándolo. Una posibilidad real de crear un futuro y ser un ejemplo no sólo nacional, sino mundial ante este cambio de paradigma, sería el desarrollo del turismo de experiencias, un turismo que promueva el aprendizaje científico y artístico en armonía con la naturaleza, por medio de actividades concretas que vinculen a empresarios, comerciantes y campesinos locales, para construir un sistema de producción de alimentos orgánicos basados en las técnicas de la permacultura, los cuales utilicen bioles, caldos minerales y otros biofertilizantes, además de los recursos invaluables del conocimiento añejo de los campesinos, quienes, desde hace siglos, por generaciones, cultivan su cuamil o su huerto frutal en su potrero.

Artistas y científicos han visionado un Tapalpa de ensueño, entre ellos Eugenio Grass, Stephen Stanton, Don Robert, el maestro Can, Francisco Villa, Fernando Pillot, y otros, de quienes entre platicas he escuchado propuestas para hacer de la bella villa un pueblo peatonal, en dónde los automóviles llegaran únicamente hasta los Espinos, y que desde ahí se transportara a los visitantes en un camioncito del tiempo que los llevara mágicamente hasta la plaza, pudiendo recorrer el pueblo a pie, o moverse por un sistema de tranvía público, o rentar una bici en el sistema de bicicletas públicas. O que tal el soñado andador peatonal que irá de la plaza hasta las Piedrotas, o la transformación del arroyo que hoy funciona como desagüe municipal de aguas grises en un riachuelo que baña el pueblo con olor a flores y encanto. Estos ensueños del ayer, son hoy proyectos necesarios a considerar seriamente para la mejora de la salud, pues son imprescindibles mayores asentamientos humanos en donde el andar en bicicleta y las caminatas sean practicadas y fomentadas. Imperativo es también realizar la disminución de la contaminación auditiva y visual, y tenemos ejemplos en otros pequeños pueblos peatonales del mundo que son una joya de asentamientos humanos saludables, los cuales son hoy necesarios e incluso urgentes llevar a cabo. Nuevas realidades se están construyendo en el mundo y seguramente Tapalpa no podrá evitar un cambio perentorio, que bien puede aprovecharse de manera propositiva y radical para posicionarse como una villa ejemplar, recordando que viajar en el tiempo tanto en el pasado o en el futuro, implica una gran cantidad de creatividad y otra dosis de presente e imaginación. El proyecto común es el futuro de nuestra bella villa de Tapalpa, nuestra propia salud y subsistencia como seres humanos.